Graduación 2018

Buenas tardes y bienvenidos a este día tan especial para nosotros, que a su vez se convierte en una despedida de profesores, hermanas, amigos y compañeros. Os damos gracias por acompañarnos no solo hoy, sino durante estos últimos 15 años.  A las Hermanas Dominicas, por educarnos e inculcarnos los valores cristianos. A todos los profesores, por vuestra paciencia y vuestras ganas de enseñar. Por dedicarnos la mejor de vuestras sonrisas, por motivarnos para seguir, pero sin dejar de tener esa exigencia que nos ha hecho darnos cuenta de lo que somos capaces. Gracias también a todo el personal no docente, Juanjo, Jesús, Mónica y Carmen en la secretaría, las cuidadoras del comedor, entre las que se encuentra Dita, hoy presente, acompañándonos.

 

En septiembre de 2003, entrabamos por esa puerta, una nueva promoción que apenas llegaba al medio metro de altura. Repeinadísimos nosotros. Con lacito o dos coletas nosotras. Escuchando a nuestros padres decir: “pórtate bien, escucha a los profesores”.

Esos niños se encuentran hoy aquí, delante de todos vosotros, con el fin de despedirnos de todos los recuerdos y momentos vividos en este colegio.

 

Todo empezó cuando nuestros padres eligieron traernos aquí para educarnos tanto a nivel académico como a nivel religioso.

Una vez dentro, con la curiosidad propia de un niño que se adentra en un mundo desconocido, observábamos la inmensidad de las aulas, a los profesores y a los demás alumnos, entre los que se encontraban nuestros compañeros, ahora convertidos en amigos y prácticamente en hermanos.

Poco a poco nos adaptamos a la complejidad de las asignaturas de esos años. Con estrés superábamos las interminables horas de dibujo y siesta acompañados del cariño de la hermana Rosa y los demás profesores.

 

Una vez aprendimos tanto a leer como a escribir llego el momento de ponerlo en práctica; nuestro primer reto, poner nuestro nombre en la mochila de ruedas. El segundo, ponerlo en el estuche dejando así de lado las cajas metálicas de ceras y lápices, que suponía para nosotros el comienzo de una nueva etapa, primaria.

Con ella llegaron las oleadas de interminables deberes, los cuadernillos Rubio, que todavía a alguno le hacen falta, los verbos de la hermana Carmen, los refuerzos educativos de José Luis… Los primeros exámenes, tan complicados de hacer, sumas, restas, multiplicaciones… Y el más complicado, sin duda, el de canto, ¿Verdad Álvarez? Nuestras primeras trastadas, con sus correspondientes castigos, puntos del semáforo o partes.

Pero chicos, no todo fueron obligaciones, acordaros de las excursiones a Campofrío, Danone, el parque de bomberos o de nuestras primeras noches alejados de casa en la granja escuela, o en la Week camp, con sus respectivas alocadas veladas de discoteca, que nada tienen que envidiar a las actuales.

En esta etapa el gran acontecimiento fue nuestra Primera Comunión, que preparamos con mucho cariño junto a nuestras catequistas y los valores cristianos que nos habían inculcado.

Se acercaba el fin de primaria y con ello despedirse de muchas cosas, como del babi que nos había acompañado durante 9 años, para después decírselo a los tirantes de nuestras faldas, y dar el paso al patio de abajo. Eso era señal de que nos hacíamos mayores, pero inocentes de nosotros que pasaríamos a ser los pequeños de la ESO.

 

El paso a la ESO implicaba dejar de lado los cromos en los recreos para jugar partidos de futbol como si de un mundial se tratase. También supuso un cambio de clase, dejamos de separarnos en chicos y chicas para estar todos juntos, y con ello llegaron los novios y novias, aquellos fugaces enamoramientos de una semana y media, en la que ni si quiera nos mirábamos.

Fue una etapa de cambios, te olvidas de la sumas y restas y llegan las ecuaciones. Al igual que llegaba gente nueva y otros se quedaban por el camino. Aparecieron nuevos profesores, nuevos horarios y por supuesto aquel pavo adolescente con el que martirizábamos a nuestros profesores y padres, y del que todavía alguno guarda vestigios.

 

Nos íbamos haciendo mayores, y eso significaba asumir responsabilidades, tomar decisiones que se materializaban en escoger un camino, ciencias o letras, y con ello surgen las primeras preguntas, en las que realmente nos planteábamos que queríamos estudiar en un futuro universitario que veíamos remotamente lejano, pero al que hemos llegado terriblemente rápido.

Debemos admitir que todos nos intentábamos imaginar que pasaría cuando llegásemos a bachillerato, pues bien chicos, ya lo hemos comprobado, y seguimos vivos.

El primer año estábamos más perdidos que cuando íbamos a clase de los mayores y veíamos en la pizarra, letras y números sin sentido alguno, los cuales ahora entendemos, o más nos vale.  Pero lo superamos y cerramos primero de bachillerato con el esperado viaje de fin de curso a Almería. Para bien o para mal, fue un viaje para estar juntos, y para empezar a despedirnos, ya que se acercaba nuestro gran reto: 2 de bachillerato.

En septiembre del año pasado nos despedimos de nuestra vida social, de las comidas familiares de los domingos, para encerrarnos en nuestros cuartos o en las bibliotecas, y comenzar la cuenta atrás hasta llegar a este día.

Nueve meses después estamos aquí sentados, graduándonos. Pero esto no acaba aquí, nos llevamos con nosotros todas las risas, los llantos, los viajes y lo que hemos aprendido.

Han sido dos años de bachillerato, para nuestro perecer bastante descompensados, en los que todo cuenta, en los que todo nos ha supuesto un gran esfuerzo y en los que todos hemos luchado por nuestros sueños, acompañados de los profesores, a los que agradecemos, la dedicación, el esfuerzo y el cariño empleados en ayudarnos y prepararnos para todo lo que viene ahora, que no es poco.

Por esto debemos sentirnos orgullosos de pertenecer a este colegio, de ser y sentirnos Catalinos. De haber defendido el naranja en los partidos de baloncesto. De haber entrado como niños inocentes, y salir como adultos, preparados para enfrentarnos a la vida universitaria.

 

Resulta difícil despedirse de los profesores, de las hermanas y de cada una de las personas que nos han acompañado. Todos ellos han marcado nuestra infancia, nuestra niñez y adolescencia, y hoy nos despedimos, espero que sólo como alumnos.

Una parte de este colegio permanecerá siempre dentro de nuestras decisiones, acciones o pensamientos. El Santa Catalina ha configurado gran parte de nuestra personalidad, nos ha hecho más humanos, y nos ha convertido en personas casi adultas de las que nuestros padres, los que están y los que no, se sentirían orgullosos. Nuestros padres, nuestras familias. Los que nos han aguantado sobre todo este curso, nuestros malos momentos y nuestros momentos de agobio. Habéis sufrido igual o más que nosotros, nuestras decepciones; pero también habéis celebrados nuestros éxitos. Y siempre habéis respetado nuestras decisiones y nos habéis dejado elegir el camino que mejor veíamos conveniente. Hoy por hoy lo que somos os lo debemos a vosotros. Por eso gracias por el apoyo, el cariño y las lecciones que nos habéis dado.

Para finalizar, me dirijo a vosotros compañeros y amigos tantos los que seguimos aquí, como los que se fueron. Hemos acabado, ha llegado el esperado 25 de mayo, hoy nos graduamos, hoy dejamos atrás el tiempo vivido aquí. Hemos vivido esta etapa juntos, hemos sabido ayudarnos y hemos creado una pequeña familia, que ojalá sea duradera.

De tal manera que ahora cogemos nuestra maleta rebosante de experiencias inolvidables y hoy, esta promoción, sale por esa puerta con la lección aprendida, los deberes hechos y un indescriptible recuerdo de estos 15 años que perdurará para siempre en nuestra memoria.

Gracias Santa Catalina de Sena.

 

 

 

 

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